Comparto una de las conclusiones de un proceso de coaching de una persona que quería trabajar una situación prolongada de estrés que le obligó a parar. Y una paradoja, que quizá te ha ocurrido, que cuando puede parar, porque no queda otro remedio, no lo consigue. Ahora que no hay urgencia lo impida, cuando para surge algo incómodo.
¿Qué es esa incomodidad? Quizá uno mismo 😐
La urgencia de desbloquear el móvil en las reuniones, de revisar chats, de pasar de una reunión a otra … no es (aunque lo disfracemos de ello) productividad. Es un mecanismo de defensa.
Nuestro entorno profesional está rodeado de ruido: de reunión en reunión sin tiempo para procesar la información, correos urgentes, notificaciones constantes, la expectativa de estar siempre disponibles 🏃♀️
Es un ruido que nos protege del malestar interno que provoca el estrés sostenido y la sensación de no llegar. En medio del ruido no hay que confrontar nada de eso.
El problema viene cuando paramos. Cuando aparece el silencio.
Lejos de ser un espacio de paz, el silencio pasa a convertirse en espacio de confrontación íntima 🪞 Y lo que encontramos en ese vacío nos obliga a enfrentar preguntas que solemos evitar: ¿A cuánto he renunciado para encajar aquí? ¿Qué precio estoy pagando? ¿Compensa?
El silencio no es un lujo. Es un espacio de presencia. Y recuperarlo es una de las formas más lúcidas de resistencia en un mundo que no para 🌿 No se trata solo de «descansar», sino también de escucharte de verdad, de recuperar tu capacidad de tomar decisiones conscientes desde un lugar de bienestar, no de supervivencia.
Estar presente para ti tampoco es un lujo. Es la base de tu salud mental y de un rendimiento profesional sostenible y sostenido 🌱 🌿
¿Apagas el ruido por un momento y pruebas a escucharte? ✨
