Hay personas con un talento enorme que, sin embargo, parecen caminar con el freno de mano echado. Saben mucho más de lo que su trabajo deja ver, son capaces de conectar ideas de una forma extraordinaria, sienten que podrían aportar mucho más, son brillantes… pero lo frenan. “Mejor no, no des la nota, no llames la atención”. Ese “algo” tiene mucho que ver con la vergüenza.
Suelo verlo en los procesos que acompaño. No es un tema de falta de formación o competencia. Son personas con un gran potencial, brillantes, como he dicho, que están perdidas, que no saben por dónde empezar, que quieren salir de donde están y no encuentran la forma.
Y es que la vergüenza no solo duele, también organiza la vida. Marca qué se dice y qué no, qué se muestra y qué se esconde, qué se intenta y qué se descarta sin siquiera probar. Así, poco a poco, va configurando carreras, relaciones y contextos en los que la persona sobrevive, pero no crece.
De “he hecho algo mal” a “hay algo mal en mí”
En ocasiones la vergüenza se mezcla o se confunde con la culpa, aunque son distintas. La culpa aparece después de una evaluación, propia o externa: “he hecho algo mal”. En el mejor de los casos, invita a reparar, a pedir disculpas; hay cierto margen para el aprendizaje, aunque quizá no de la mejor manera.
La vergüenza, en cambio, no se queda en lo que hago, apunta directamente a quién soy: “hay algo mal en mí”, “soy un fraude”, “no soy suficiente”. Y cuando la emoción se instala en nuestra identidad, empezamos a ser lo que sentimos.
El movimiento natural de la vergüenza es esconderse. Mirada baja, encogimiento, “tierra trágame”. En contextos profesionales esto se traduce en hablar menos, proponer menos, tomar menos iniciativas, evitar cualquier situación en la que pueda quedar expuesta la “insuficiencia” que temo que los demás vean.
Es aquí donde la vergüenza empieza a frenar el potencial. No cuestiona si tu idea es buena o mala; cuestiona tu derecho a tenerla, a expresarla, a ocupar espacio con ella.
Pertenecer a costa de esconderse
La vergüenza está asociada a nuestra necesidad de pertenencia, es algo ancestral. Somos seres sociales: necesitamos sentir que formamos parte de un grupo, que somos aceptados, que “tenemos sitio”. Brené Brown define la vergüenza como el miedo a la desconexión, el temor a que, si los demás ven algo de nosotros que no encaja en el grupo, nos expulsen.
Estamos diseñados biológicamente para (y por) la supervivencia y, durante gran parte de nuestra historia, un ser humano aislado tenía muy pocas probabilidades de sobrevivir. La exclusión social no es simplemente una experiencia desagradable; biológicamente se vive como una amenaza. Las investigaciones indican que ser excluido de un grupo activa los mismos centros de dolor en el cerebro que una lesión física. Cuando una persona se siente ignorada o rechazada, su sistema nervioso entra en un estado de alerta que prioriza la supervivencia e inhibe el pensamiento creativo o la colaboración.
Así que para pertenecer, “tengo que ser como el resto, que parecerme a ellos”; para parecerme, tengo que recortar o esconder aquello que me diferencia y que percibo como amenaza ante el riesgo de exclusión. El precio, quedarnos en lugares donde la diferencia, el potencial, no puede desplegarse, a cambio de no arriesgarnos al rechazo.
Cuanto más se esconde, menos se encaja
Al principio puede parecer que funciona: nos adaptamos al tono del equipo, dejamos de hacer la pregunta incómoda en la reunión. Hasta que, con el tiempo, surge una sensación incómoda, la de no encajar.
El malestar aumenta poco a poco porque cada vez nos alejamos más de la propia referencia interna, dejamos de ser lo que somos, la incoherencia entre lo que pensamos y lo mostramos, entre lo que queremos y lo que hacemos es cada vez mayor.
La vergüenza como directriz de trayectorias profesionales
La vergüenza puede llegar a estructurar una identidad que no deseamos, son esas etiquetas internas que tratamos de evitar y que condicionan nuestras decisiones de carrera. Veamos cómo operan.
Podemos llegar a aceptar responsabilidades y trabajo por encima de lo razonable para no ser vista como “poco comprometida”. No hay límite a las horas o al coste personal que supone el exceso de trabajo.
O permanecemos en puestos que nos aprietan por miedo a que se confirme eso que creo, que “no estaba a la altura”.
No solemos pedir ayuda para no confirmar el convencimiento de que “no valgo tanto como creen”.
Nos mantenemos en relaciones profesionales que nos desgastan por temor a que poner límites implique aparecer como “problemática o poco tolerante”.
No nos permitimos puestos acordes a nuestra valía para no que no nos vean, para que no nos cuestionen, para no tener que discrepar.
La vergüenza empuja a tomar decisiones en función de lo que tememos que se vea. En vez de preguntar “¿dónde podría desarrollarme mejor?”, la pregunta implícita que condiciona la trayectoria es: “¿dónde estoy más protegida, más segura?”, ¿dónde paso más desapercibida? ¿dónde me expongo menos?”
Pertenencia vs. encajar a cualquier precio o la sobreadaptación
Y aquí está la clave. Hay una diferencia importante entre pertenecer y encajar o sobreadaptarse. Encajar implica ajustar piezas, normalmente suprimiendo aquello que sobresale para adaptarlo al molde. Pertenecer tiene más que ver con ser vistos y aceptados tal cual somos, con lo que nos hace únicos.
La vergüenza opera sobre la lógica de “encajar a cualquier precio”, incluso si el precio somos nosotros mismos. Llegamos a decir que sí a todo para no molestar, bajamos el tono de las ideas para no desentonar o sostenemos un personaje “correcto” que encaja por fuera, pero nos aleja cada vez más de nosotros: nos sobreadaptamos.
Abrir espacio para la diferencia
No se trata de forzar la exposición ni de romantizar la vulnerabilidad en entornos que no son seguros. Se trata, más bien, de empezar a ser conscientes de cuándo es la vergüenza, y no tus valores ni tu criterio profesional, quien dirige tu agenda y tu trayectoria.
Autores Brené Brown destacan la importancia de nombrar aquello que nos avergüenza, comprender qué la dispara y construir relaciones donde podamos hablar de lo que tememos mostrar sin poner en peligro la conexión.
Y eso, abre la puerta a conversaciones muy potentes sobre carreras coherentes con lo que somos y sobre liderazgos más auténticos y conscientes.
El potencial no es algo abstracto; es lo que se despliega cuando la diferencia encuentra un contexto donde puede expandirse. Tus preguntas, tu forma de conectar, tu mirada crítica, tu sensibilidad, tu humor, tu manera de ordenar el caos… todo eso es parte del valor que puedes aportar.
Cuando la vergüenza dirige, esa diferencia se convierte en algo a ocultar. Cuando empezamos a trabajarla, puede transformarse en brújula: aquello que escondes quizá señala, precisamente, aquéllo que más podría aportar.
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