Conexión social para sobrevivir

Desde un punto de vista biológico, el ser humano es una máquina de supervivencia: estamos diseñados para y por la supervivencia.

Los organismos que sobreviven en un determinado contexto son los que transmiten su código genético. Y es ahí, en la información integrada en el código genético, como aportamos a la siguiente generación las estrategias que nos permitieron sobrevivir: es la forma en que la supervivencia nos diseña.

Somos, pues, el resultado de estrategias ganadoras a largo plazo que han ido integrándose en los distintos mecanismos (neuronales, hormonales, genéticos, emocionales, etc.) que nos soportan.

Venimos de serie con los sistemas que nos permiten sobrevivir en un contexto determinado. Y uno de esos mecanismos es la conexión social ¿por qué? Porque los humanos primitivos que se mantenían en comunidad son los que sobrevivían y los que podían transmitir su legado genético.

Y así se ha ido induciendo nuestra biología, con dispositivos especialmente adaptados a la vida en comunidad. Veamos algunos de ellos:

  • Nuestro cerebro está configurado para responder a las señales de nuestros vecinos.
  • Obtenemos placer de la compañía mediante un sistema biológico de recompensa. Y, al contrario, la pérdida de contacto con el otro activa los mecanismos fisiológicos de alerta ante lo que vivimos como amenaza.
  • La conexión social, además de placer, nos aporta una sensación de seguridad ante lo que entendemos como las amenazas del entorno.

Veíamos en un artículo previo las consecuencias que el aislamiento sensorial puede provocar en bebés y concluíamos que la necesidad de ser tocados y, en último término, reconocidos motiva y dirige la actividad humana.

Vamos a estudiar ahora las consecuencias de exponernos a situaciones forzadas de aislamiento social y soledad en adultos.

Y empecemos matizando qué entendemos por pérdida de la conexión social. Definimos soledad como la sensación subjetiva de:

  • Tener menos afecto y cercanía de lo deseado en el ámbito íntimo (soledad emocional). Se considera como ámbito íntimo al grupo de entre 1 y 5 personas a las podemos acudir en busca de apoyo emocional en momentos de crisis. La soledad emocional afecta de modo similar a hombre y mujeres.
  • Experimentar poca proximidad a familiares y amigos (soledad relacional). La soledad relacional se produce por falta de contactos en el grupo de entre 15 a 50 personas con las que simpatizamos. La falta de contactos en este entorno produce soledad relacional y afecta principalmente a mujeres.
  • Sentirse socialmente poco valorado (soledad colectiva) por el grupo de 150 a 1.500 personas con las que interactuamos a través de asociaciones voluntarias. Este tipo afecta principalmente a los hombres.

Se define el aislamiento social como una situación objetiva de contar con mínimos contactos con otras personas.

Los primeros experimentos sobre las consecuencias del aislamiento datan de 1954. Donald Hebb, en la Universidad McGill, dirigió el experimento en el que estudiantes voluntarios pasaron días aislados en cubículos a prueba de ruidos y privados de cualquier contacto humano significativo. Entre los efectos observados destacan:

  • Trastornos en la percepción.
  • Desorientación generalizada en el tacto y la percepción del tiempo y del espacio.
  • Inducción de psicosis temporal.

El equipo de investigación dirigido por John T. Cacioppo, psicólogo de la Universidad de Chicago pionero en el estudio de la soledad, descubrió la conexión entre la soledad y un fenómeno que ellos llamaron respuesta transcripcional conservada ante la adversidad (CTRA, por sus siglas en inglés) y que viene a ser algo así como la reacción genética a la soledad.

Los investigadores concluyeron que en condiciones de soledad se debilita el sistema inmunológico:

  • Por una parte, se observa una mayor expresión de los genes que intervienen en la respuesta inflamatoria del organismo (una de las señales de alerta ante la infección).
  • Y, por otra, un descenso de la expresión de los genes relacionados con la respuesta contra virus; en concreto, en los genes involucrados en la formación de los monocitos, los glóbulos blancos más grandes presentes en la sangre y que se dispersan por todo el torrente para proteger al sistema inmune.

El grupo de investigación trabajó, también, con un grupo de macacos Rhesus, uno de los primates más sociales que hay. En la orina de monos que se mantuvieron aislados se encontraron niveles elevados de restos de norepinefrina.

La norepinefrina, o noradrenalina, neurotransmisor que también funciona como hormona, mantiene el estado de alerta ante las amenazas. Interviene en el sistema inmune estimulando las células madre de la médula ósea para que generen y pongan en circulación más y más monocitos que acaban en el torrente sanguíneo antes de tiempo; es decir, monocitos inmaduros.

Interesantes, son también, las conclusiones del reciente estudio que lleva a cabo el equipo de investigación del Instituto Tecnológico de Massachusetts liderado por Livia Tomova y Rebecca Saxe.

Las conclusiones de su investigación parecen indicar que las respuestas neuronales que se activan en el cerebro después de diez horas aislados o en ayuno son similares. Y que ambas respuestas, como hemos comentado antes, están relacionadas con el sistema biológico de recompensa y motivación.

Veamos qué ocurre con otras experiencias de aislamiento social fuera de laboratorio.

Sarah Shourd sobrevivió a casi 10.000 horas de aislamiento, con mínimo contacto humano, en una celda en la prisión Evin (Teherán) después de ser arrestada por soldados iraníes en 2009.

En un artículo titulado Torturated by solitude, que publicó en el New York Times en 2011, Sarah confirma que las alucinaciones, visuales y sonoras, como el efecto más alarmante de su soledad.

Otro de los efectos del aislamiento (en los casos que siguen, voluntario) es la distorsión en la percepción del tiempo:

Siffre, que creyó que habían transcurrido 34 días, dijo a la salida que Cuando uno está rodeado por la noche, con tan sólo una bombilla de luz, la memoria no captura el momento. Se le olvida. Después de uno o dos días, uno no recuerda lo que ha hecho un día antes. Además de eso todo es totalmente negro. Es como un largo día interminable”. Además, en las pruebas a las que se sometió a la salida, tardó cinco minutos en contar 120 segundos.

  • En 1993, Maurizio Montalbini, espeleólogo italiano, estuvo 366 días en una gruta subterránea cerca de Pesaro (Italia) que había sido diseñada por la NASA para simular misiones espaciales.

Igual que Siffre, al salir de su encierro , estaba convencido que sólo habían pasado 219 días.

Además de la percepción del tiempo, se producen otras alteraciones:

  • Alteración del ritmo circadiano, que llega a alcanzar 48 horas: 36 horas despierto y 14 dormido, con fases REM también mucho más largas que las habituales.
  • Al principio del sueño se alcanza la temperatura corporal más baja y no al final, como sucede habitualmente.
  • También se describe fatiga, desorientación, pérdida de memoria a corto plazo, más pesadillas durante el sueño y, en las mujeres, cesa la menstruación.

Así, podemos concluir que el distanciamiento social genera una serie de reacciones en nuestro organismo que lo mantienen en situación de alerta, alterando la actividad inmune y promoviendo un estado de inflamación crónica. Y en estas condiciones la capacidad de aprendizaje se ve reducida significativamente.

Llevémonos estas conclusiones a nuestros equipos de trabajo. ¿Cómo generas en tu equipo situaciones que aporten una conexión social significativa?

Y una última mirada a Ernest Shackleton, que en condiciones ICE de extrema dureza (Isolation, aislamiento, Confinement, confinamiento, y Environment, el propio entorno) supo trascender la realidad con su estilo de liderazgo.

Os dejamos un interesante artículo de Gro Sandal, psicóloga noruega de la Universidad de Bergen que ha realizado numerosas investigaciones sobre los profesionales que desarrollan su actividad en entornos aislados, confinados y potencialmente peligrosos, como el espacio, expediciones polares y militares.