Batería de caricias

Imaginemos que cada uno de nosotros lleva incorporada una batería que necesitamos mantener cargada para poder vivir. Si no está cargada nos encontramos irritables, aburridos, cansados, hípersensibles, etc.

E imaginemos que cualquier acto que implique el reconocimiento de nuestra presencia, que cualquier estímulo procedente de un ser vivo que reconozca nuestra existencia carga la batería.

Esta unidad de reconocimiento social que carga nuestra batería recibe el nombre de caricia o stroke.

Eric Berne introdujo el término de caricia en 1964, a partir de las conclusiones de René A. Spitz. Spitz observó que los bebés con falta de contacto físico, privados de caricias, sin atención afectiva ni estímulos sensoriales (en otras palabras, sin strokes en su acepción de acto de pasar la mano delicadamente a otro o a uno mismo) presentaban retrasos físico, emocional y psíquico en su desarrollo e incluso, morían.

Spitz confirmó así las conclusiones de la primera experiencia sobre la privación afectiva que conocemos. La llevó a cabo Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XIII.

En su obsesión por saber si existía una lengua natural, Federico II ordenó aislar a 30 bebés recién nacidos a los que se les proporcionarían los mejores cuidados de la época sin que nadie les hablara, intercambiara gestos o tuviera cualquier signo de afecto o interacción emocional con ellos. Todos los bebés murieron antes de alcanzar los 3 años.

Esta necesidad de ser tocados y, en último término, reconocidos motiva y dirige la actividad humana de modo similar a como lo hace el hambre, la sed o la necesidad de oxígeno (no olvidemos el cóctel químico de neurotransmisores y hormonas que dicho reconocimiento genera).

El reconocimiento significa ser tenido en cuenta, considerado, acogido, aceptado, singularizado, específicamente percibido como uno. Más allá del reconocimiento físico o biológico, la caricia es un reconocimiento de tipo psicosocial: si me saluda, si me mira, si me escucha, se da cuenta de que estoy ahí, me ve, existo más para el otro.

Tal es el vacío emocional que nos produce que el otro no reconozca nuestra presencia que más vale algo, lo que sea, que nada. Así concluye en Las palmeras salvajes Harry Wilbourne, el personaje de William Faulker, Given the choice between the experience of pain and nothing, I would choose pain.

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Y al igual que nos ocurre cuando tenemos hambre, que si no conseguimos algo sano que nos nutra buscamos cualquier chuche que nos permita masticar y entrener el hambre, podemos diferenciar dos tipos de caricias, según su impacto en el individuo:

  • Caricias positivas que favorecen un desarrollo sano de la persona, que la reconocen, la fortalecen y potencian, desarrollan y aumentan el bienestar del individuo. Envían el mensaje de te veo, tú estás bien.

Podemos incluir en esta categoría expresiones sinceras del tipo Buenos días, ¿Qué tal estás?, Gracias, una sonrisa, dirigirnos a las personas utilizando su nombre, etc.

  • Caricias negativas que nos hacen sentir mal, nos debilitan, causan daño moral o físico y desvalorizan a la persona. En su peor expresión humillan, degradan o ridiculizan al otro. Puede incluirse en este punto la ironía, la crítica, el humor sarcástico, la lástima (no la sana compasión), la manipulación, el chantaje, la presión excesiva, el silencio e ignorancia deliberados. Las caricas negativas envían el mensaje de te veo, tú estás mal.

Además de utilizar el concepto de caricia como una metáfora de la necesidad de reconocimiento, podemos utilizarlo como una forma de trabajar con nuestros equipos. Y aquí retomamos la batería a la que recurríamos al comienzo del artículo, con una fórmula:

De acuerdo con esta fórmula, nuestra batería de caricias dispone de un polo positivo, nutrido con caricias positivas, y un poco negativo, que se alimenta de caricias negativas. Veamos sus reglas de funcionamiento:

  • La valor de la carga completa que garantiza nuestro bienestar y seguridad emocional es diferente para cada persona. Cada uno de nosotros tiene un valor distinto para el 100% de batería. Unos necesitamos más carga y otros, menos.
  • Al cómputo de la carga global de nuestra batería contribuyen las aportaciones de caricias que recibimos en los distintos ámbitos de nuestra vida.
  • Ambos tipos de caricias, positivas y negativas, contribuyen a recargar la batería, teniendo en cuenta que en los primeros 30 meses de vida las caricias positivas de contacto son vitales. Como hemos visto antes, su ausencia será fuente de trastornos en el desarrollo físico, emocional y psíquico de la persona.

A medida que crecemos las caricias físicas, de contacto, ceden paso (no las sustituyen totalmente) a otros estímulos socialmente aceptables que nos reconozcan (una sonrisa, una palabra, una señal de asentimiento, etc.).

El impacto en la carga de la batería de una caricia positiva equivale a 10 negativas. Dicho de otra manera necesitamos 10 caricias negativas para provocar la misma huella (en reconocimiento) que una caricia positiva, aunque el impacto emocional sea distinto.

Son preferibles las caricias positivas a las negativas. Si no obtenemos caricias positivas de forma incondicional (caricia incondicional que recibo por ser quien soy, por existir: ¡Qué alegría que hayas venido!), recargaremos la batería ajustando nuestro comportamiento a lo que el entorno recompensa (caricia condicional que recibo por una acción concreta, una conducta particular o algo de mi persona: Has hecho un buen informe).

En caso de no lograrlo, apostaremos por las caricias que duelen, preferibles a no obtener nada, con conductas desafiantes y provocadoras, aunque nos debiliten emocionalmente.

  • El impacto que produce una caricia no es directamente controlable por parte de quien la proporciona, ya que una caricia ha de ser recibida, percibida, aceptada o rechazada por quien la recibe y cada individuo tiene un filtro de caricias y recibe lo que recibe, sin considerar lo que pretendía quien se la proporcionó.

Sobre esta parte del proceso tenemos poco margen de maniobra, depende de la experiencia personal del receptor (su filtro de caricias) y del contexto en el que se intercambien las caricias. Y así, expresiones o actitudes que en un contexto son bien recibidas, en otro pueden considerarse desagradables.

Lo que sí está en nuestra mano es el contenido pleno de nuestra caricia, que toda ella compute, que esté acompañada de afecto positivo, que sea una caricia de calidad.

La caricia de calidad es sincera y auténtica, hay correspondencia entre la intención de quien las proporciona y la forma en que lo hace (Mail en el que reconocemos el esfuerzo que ha hecho nuestro equipo en la última auditoría).

Además, es singular, particularizada, en primera persona, que lo que digo esté dirigido a ti, y solo a ti (¿Le puedes echar un vistazo a este artículo? Me gustaría saber tu opinión).

Una caricia de calidad es adecuada al momento y al contexto en los que se proporciona (La cena de despedida de un compañero que se jubila).

Y está dosificada para que conserve su valor. Una caricia rutinaria, monótona y reiterada deja de tener el efecto extraordinario que pretende y provoca saciedad en quien la recibe.

La caricia de calidad está argumentada y la persona que la recibe sabe lo que la ha motivado (Por favor, la próxima vez que te retrases, avísame para poder sustituirte).

  • La sobredosis de caricias positivas incondicionales genera pasividad e irresponsabilidad. Haga lo que haga recibiré reconocimiento y recompensa.
  • Las caricias condicionales (tanto positivas como negativas) son necesarias como instrumento para favorecer el aprendizaje.

La caricia es un recurso natural, inagotable, gratuito y que está al alcance de cualquier persona. Un equipo con la batería cargada es un equipo resiliente. Te dejamos algunas ideas para cargar la batería de tu equipo:

  • Que lo que reciba la caricia negativa sea una actitud o comportamiento inadecuados, no el resultado que se obtiene ni la persona. De esta forma empezaremos a ver a la persona como alguien ajeno a su comportamiento, acciones o actitud, dejamos de identificarlo con las circunstancias que vive.
  • Proporcionar autonomía y libertad para actuar también es una forma de acariciar, es decir Confío en ti. Frederick Herzberg nos propone eliminar controles innecesarios y dotar de autonomía, libertad para actuar y exigir responsabilidad por los resultados obtenidos (caricia condicional).
  • Otra forma de acariciar es identificar el conocimiento, talento, habilidades, experiencia y motivación de cada persona y permitirle que lo utilicen en el proyecto. Es lo que Ken Blanchard denominó facultar.

Un último apunte, algunas actitudes o mensajes que lanzamos descuentan, de manera inconsciente, el valor positivo de la caricia que proporcionamos:

  • Impedimos la búsqueda de una solución (Es lo que hay, no podemos hacer nada) o negamos la capacidad de la persona para gestionar la situación (Tiene un buen perfil pero no será capaz de enfrentarse a ello).

¡A practicar!